Isaac Newton: El Mago

Durante estos año de casi nula actividad en Feel the Brain, he descubierto algunos temas que, poco a poco, revisitaré para poder compartir con vosotr@s y dejar constancia en el blog. En este caso, quiero compartiros una mini adaptación de este artículo / ensayo: Newton, el hombre de JOHN MAYNARD KEYNES.

¿Qué os viene a la mente a pensar en Isaac Newton? ¿Puede ser algo así?:

Bien, esto también por supuesto. Pero la realidad es mucho más extraña y va más allá del genio que descubrió la gravedad, formuló las leyes del movimiento y puso los cimientos de la física moderna. En general lo concebimos como una figura puramente racional, el gran símbolo de la Ilustración: el hombre que ayudó a convertir el mundo en algo explicable mediante matemáticas y leyes naturales.

La cosa es que, a mediados del siglo XX, el economista John Maynard Keynes (sí, el de la teoría económica) tuvo acceso a una enorme colección de manuscritos inéditos de Newton que habían permanecido guardados durante siglos. Y lo que encontró allí no encajaba demasiado con la imagen clásica del científico frío y racional.

Newton, además de matemático y físico, había pasado décadas estudiando teología, intentando descifrar profecías bíblicas, leyendo textos herméticos y dedicando largas horas a la alquimia.

A partir de esos documentos, Keynes escribió un ensayo fascinante en el que propone una idea que suena casi provocadora: Newton no fue realmente el primer científico moderno. En cierto sentido, fue el último de los magos.

El texto que os comparto es un «remix» que he hecho de ese ensayo. El original, compartido en el enlace del principio de este Brain Feeling, fue escrito por Keynes con motivo del tricentenario del nacimiento de Newton y presentado en la Royal Society en 1946. Más que una biografía, es una mirada con un poco más de detalle a la mente de uno de los mayores genios de la historia.

¿Me acompañáis?


Newton, el hombre: El último mago según John Maynard Keynes

Para celebrar el tercer centenario del nacimiento de Isaac Newton, la Royal Society tuvo que esperar al final de la Segunda Guerra Mundial. John Maynard Keynes debía pronunciar esta conferencia en 1946 como parte de los actos conmemorativos, pero murió pocos meses antes de que se celebraran. Finalmente fue su hermano Geoffrey quien la presentó ante la sociedad científica que Newton había presidido durante casi un cuarto de siglo.

Lo que sigue es una de las interpretaciones más sorprendentes del gran científico inglés: Newton no como el primer racionalista moderno, sino como el último de los magos.

Antes de empezar, conviene recordar dos opiniones muy distintas sobre la figura de Newton.

“Si desarrolláramos una raza de Isaac Newtons, esto no sería progreso. Pues el precio que Newton tuvo que pagar por ser un intelecto supremo fue que era incapaz de amistad, amor, paternidad y muchas otras cosas deseables. Como hombre fue un fracaso; como monstruo fue soberbio.”
— Aldous Huxley

Hablar de Newton en su propia casa

Siento cierta timidez al intentar hablar de Newton aquí, en su propia casa (Woolsthorpe Manor -aunque aquí nos referimos a la Royal Society-). Durante mucho tiempo estudié los archivos y tenía la intención de poner mis impresiones por escrito para que estuvieran listas en la Navidad de 1942, fecha del tricentenario de su nacimiento.

Pero la guerra me privó del tiempo necesario para abordar adecuadamente un tema de tanta importancia. Tampoco pude consultar mi biblioteca ni revisar mis documentos como habría querido. Por eso espero que me disculpen si este estudio resulta más superficial de lo que debería.

Hay además una cuestión preliminar.

Creo que Newton era distinto de la imagen convencional que tenemos de él. Esto no significa que fuera menos grande. Más bien lo contrario: era menos ordinario y más extraordinario de lo que el siglo XIX quiso convertirlo.

Los genios son siempre criaturas peculiares.

Que nadie suponga que mi propósito es rebajar al mayor hijo de Cambridge. Lo que intento es verlo como lo vieron sus amigos y contemporáneos. Y todos ellos, sin excepción, lo consideraban uno de los hombres más grandes que habían existido.

El Newton que inventó el siglo XVIII

Desde el siglo XVIII se instaló una imagen muy concreta de Newton.

Se empezó a pensar en él como el primer gran científico moderno, el racionalista por excelencia, el hombre que enseñó a pensar según las líneas frías e impersonales de la razón.

Yo no lo veo así.

Cualquiera que haya examinado el contenido de la caja que Newton preparó cuando abandonó definitivamente Cambridge en 1696 —y cuyos documentos, aunque parcialmente dispersos, han llegado hasta nosotros— difícilmente puede seguir creyendo esa imagen.

Newton no fue el primero de la edad de la razón. Fue el último de los magos.El último de los babilonios y los sumerios. La última gran mente que contempló el mundo visible e intelectual con los mismos ojos con los que empezó a construirse nuestro patrimonio intelectual hace menos de diez mil años.

Isaac Newton, nacido póstumamente el día de Navidad de 1642, fue el último niño prodigio al que los Reyes Magos podrían haber rendido un homenaje sincero.

El joven Newton: el origen de la leyenda

Si hubiera tiempo, me gustaría leer los registros contemporáneos sobre el niño Newton. Sus biógrafos los conocen bien, pero rara vez se han publicado completos y sin comentarios. En ellos aparece el origen de la leyenda del joven brujo.

Allí vemos a una mente extraordinariamente receptiva, todavía libre de preocupaciones, pero ya marcada por la melancolía y por una intensa agitación nerviosa.

En términos modernos podríamos decir que Newton era profundamente neurótico. No se trataba de algo excepcional dentro de cierto tipo de personalidad, pero —según muestran los archivos— en él alcanzaba un grado extremo.

Sus instintos más profundos eran ocultos, esotéricos. Tenía una tendencia constante a retirarse del mundo y un miedo paralizante a exponer sus pensamientos, sus creencias o sus descubrimientos a la crítica pública.

Newton evitaba completamente la compañía femenina. Publicaba poco y sólo bajo presión de sus amigos. Durante gran parte de su vida fue un hombre profundamente solitario. Trabajaba mediante una introspección mental extraordinariamente intensa, con una resistencia intelectual que quizá no haya tenido igual.

La verdadera clave de su genio

Creo que la clave de su mente está en su extraordinaria capacidad para mantener una concentración introspectiva prolongada.

Newton disfrutaba experimentando. Sus inventos de juventud —telescopios, dispositivos mecánicos, experimentos ópticos— son encantadores. Formaban parte de una técnica extraordinaria. Pero ese no era su verdadero don.

Su don consistía en mantener la mente fija en un problema teórico durante horas, días o semanas, hasta que el problema finalmente cedía y revelaba su secreto.

Cualquiera que haya trabajado en ciencia o filosofía conoce la dificultad de sostener un problema en la mente sin que se disuelva en la nada.

Newton podía hacerlo durante semanas. Luego, como matemático supremo, encontraba la demostración. Pero la demostración no era el origen del descubrimiento. Era sólo su formulación final.

De Morgan dijo de él:

“Parecía saber más de lo que probablemente podría llegar a demostrar.”

Cómo descubría Newton

Un ejemplo famoso ilustra bien este proceso.

Cuando Newton explicó a Halley uno de sus descubrimientos sobre el movimiento planetario, Halley le preguntó:

—¿Cómo lo sabe? ¿Ya lo ha demostrado?

Newton respondió, desconcertado:

—Lo sé desde hace años. Si me da algunos días, encontraré la demostración.

Y así lo hizo.

Algo parecido ocurrió con uno de los resultados fundamentales de los Principia. Durante mucho tiempo Newton estaba convencido de que una esfera sólida podía tratarse como si toda su masa estuviera concentrada en su centro.

Pero no encontró la demostración matemática hasta poco antes de la publicación.

Es decir: primero sabía que era cierto. La demostración vino después.

Por eso sospecho que los experimentos de Newton no eran instrumentos de descubrimiento, sino medios para verificar algo que ya sabía.

¿Por qué lo considero entonces un brujo?

Porque Newton veía el universo como un acertijo.

  • Creía que Dios había dejado claves en el mundo: en el cielo, en los elementos, en la estructura de la naturaleza.
  • Pero también en textos antiguos y tradiciones transmitidas desde la antigüedad.

Para Newton el universo era un criptograma.

Del mismo modo que él ocultó el descubrimiento del cálculo en un criptograma cuando se comunicó con Leibniz, pensaba que Dios había cifrado el universo. Y el iniciado podía descifrarlo mediante el pensamiento puro.

Newton logró descifrar el acertijo de los cielos.

Pero creía que también podría descifrar:

  • el misterio de la Divinidad
  • la historia sagrada
  • la materia primordial
  • la salud
  • incluso la inmortalidad

Todo se revelaría si perseveraba lo suficiente, solo y sin interrupciones. Durante veinticinco años vivió así.

En 1687, cuando tenía cuarenta y cinco años, se publicaron los Principia.

La otra vida de Newton

Después de la publicación de los Principia su vida cambió radicalmente.

Sus amigos creían que el estilo de vida que llevaba en Trinity acabaría destruyendo su mente y su salud. Newton abandonó poco a poco sus estudios más intensos. Se implicó en asuntos públicos, representó a la universidad en el Parlamento y finalmente fue nombrado responsable de la Casa de la Moneda.

Allí se convirtió en uno de los administradores más eficaces del reino. Newton poseía una inteligencia extraordinaria para casi cualquier disciplina:

  • matemático
  • físico
  • astrónomo
  • teólogo
  • historiador
  • jurista
  • administrador público

Incluso fue un inversor muy exitoso. Murió rico.

Sin embargo, el cambio llegó casi demasiado tarde. En 1689 murió su madre, a la que estaba profundamente ligado. Y alrededor de la Navidad de 1692 Newton sufrió lo que hoy llamaríamos un grave colapso nervioso.

  • Melancolía.
  • Insomnio.
  • Ideas de persecución.

Escribió cartas a Pepys y a Locke que hicieron pensar a sus amigos que había perdido la razón. Según sus propias palabras, había perdido su “anterior coherencia mental”.

Nunca volvió a producir una obra original comparable a la de su juventud.

En 1696 abandonó Cambridge. Durante más de veinte años reinó en Londres como el hombre más famoso de Europa. Vivía con su sobrina Catherine Barton, una de las mujeres más brillantes del Londres literario de Swift, Congreve y Pope.

Newton envejeció convirtiéndose en una figura venerable:

  • rostro rosado
  • cabello blanco
  • modales cada vez más afables

Fue nombrado caballero por la reina Ana. Presidió la Royal Society durante casi veinticinco años. Para los intelectuales europeos era una atracción imprescindible.

Se había convertido en el sabio de la Edad de la Razón.

La caja de Newton

Pero los documentos de su vida anterior seguían existiendo. Newton no los destruyó. Los guardó en una caja. En esa caja había cientos de miles de palabras de escritos inéditos sobre:

  • alquimia
  • teología
  • historia bíblica
  • interpretaciones apocalípticas
  • estudios sobre el templo de Salomón
  • intentos de descifrar el Libro del Apocalipsis

Durante siglos estos documentos escandalizaron a muchos estudiosos.

Porque revelaban algo inesperado: El mayor científico de la historia había pasado décadas intentando descifrar los secretos de Dios y de la naturaleza mediante métodos que pertenecían todavía a la Edad Media.

Cuando uno examina esos manuscritos es difícil no comprender a este extraño espíritu.Newton creía que podía descubrir todos los secretos del universo mediante el puro poder de su mente.

Dentro de estas paredes —en su habitación, en su jardín, en su pequeño laboratorio— pensó que podría descifrar el universo entero.


Si has llegado hasta aquí, ya habrás visto que la figura de Newton es mucho más compleja de lo que suele aparecer en los libros de ciencia o en las anécdotas escolares de la manzana que cae del árbol. El Newton que aparece en este texto no es solo el padre de la física moderna, sino también un personaje extraño, obsesivo, solitario y profundamente fascinado por los misterios del universo.

Ese retrato tan poco convencional no lo escribió un historiador cualquiera, sino John Maynard Keynes, que además de revolucionar la economía del siglo XX fue también un lector apasionado de los manuscritos inéditos de Newton. A partir de ellos construyó esta interpretación provocadora: la de un Newton que, más que inaugurar la edad de la razón, fue en cierto modo el último heredero de una tradición mucho más antigua, en la que ciencia, teología y alquimia todavía convivían.

Os animo a leer el artículo original: Newton, el hombre de JOHN MAYNARD KEYNES. Vale mucho la pena: es uno de esos ensayos breves que consiguen cambiar la forma en que vemos a un personaje histórico que creíamos conocer.

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