Cómo siglos de Ciencia Ficción provocaron el vuelo espacial

En el Brain Feeling de hoy me gustaría aprender un poco más sobre uno de mis hobbies: la ciencia ficción.

Concretamente aprenderemos una TED Talk de Alexander MacDonald en la que aprenderemos que mucho antes de l@s cientifíc@s espaciales, la idea del vuelo espacial había viajado ya de mente a mente a través de muchas generaciones.

De un modo muy ilustrativo, Alexander MacDonald nos muestra cómo 300 años de historias de ciencia ficción (desde Edgar Allan Poe hasta Julio Verne, pasando por H.G.Well y muchos otros) provocó la cultura de exploración espacial.

Una mirada fascinante a cómo las historias se hicieron realidad

La Transcripción de la Charla

Como es habitual cuando aprendemos una TED Talk, aquí os dejo la transcripción de la charla:

Quiero contarles una historia sobre las historias. Y quiero contarles esto porque creo que debemos recordar que, en ocasiones, las historias que contamos son más que simplemente cuentos, entretenimiento o relatos. También son vehículos para sembrar ideas e inspirar a las sociedades a lo largo de la historia. La historia que les contaré hoy es sobre uno de los logros tecnológicos más importantes de la modernidad que tiene sus orígenes en las historias, y sobre cómo las transformaciones más relevantes del futuro podrían tener el mismo origen. La historia comienza hace más de 300 años, cuando Galileo Galilei recién se enteraba del descubrimiento alemán que consistía en unir en un largo tubo dos fragmentos de vidrio y así expandir el alcance de la vista humana como nunca antes. Cuando Galileo usó su nuevo telescopio para observar los cielos, en particular, la Luna, descubrió algo increíble. Aquí vemos unas páginas del libro de Galileo “Sidereus Nuncius”, publicado en 1610. En ellas reveló al mundo lo que había descubierto. Había descubierto que la Luna no era simplemente un cuerpo celeste que vagaba por el cielo nocturno, sino que era un mundo, un mundo con montañas altas e iluminadas por el Sol y con oscuros “mare”, la palabra en latín para “mares”. Y una vez que se descubrió este nuevo mundo en la Luna, las personas empezaron inmediatamente a imaginar cómo llegar allí. Igualmente importante, comenzaron a escribir historias sobre cómo podrían conseguir este objetivo y cómo serían esos viajes. Uno de los primeros fue, de hecho, el obispo de Hereford, un hombre llamado Francis Godwin. Godwin escribió la historia de un explorador español, Domingo Gonsales, que acabó varado en la isla Santa Helena en medio del Atlántico. Allí, con el objetivo de regresar a casa, construyó una máquina, un artefacto que aprovechaba la fuerza de los gansos salvajes de la isla para levantar vuelo y, finalmente, emprender el viaje a la Luna. El libro de Godwin “El hombre en la Luna, o Discurso sobre un viaje hasta allí” fue publicado de forma anónima y después de su muerte en 1638, seguramente debido a la cantidad de ideas controvertidas que contenía, entre ellas, la aceptación de la perspectiva copernicana del universo según la cual el Sol es el centro del sistema solar. También aceptaba el concepto de la gravedad previo a Newton, según el cual el peso de un objeto disminuiría a medida que éste se alejara de la Tierra. Y eso por no mencionar su idea de una máquina de gansos capaz de llegar a la Luna. (Risas) Y si bien esta idea de viajar a la Luna en una máquina de gansos puede hoy no parecernos muy ingeniosa o creativa en términos técnicos, lo importante es que Godwin describió el viaje a la Luna no como un sueño o algo mágico, como Johannes Kepler lo había hecho, sino como una invención humana. Y fue esta idea de que podíamos construir máquinas capaces de viajar por el espacio lo que sembró la semilla en la mente de varias generaciones. La idea fue luego tomada por su contemporáneo John Wilkins, quien era entonces un joven estudiante de Oxford, pero sería uno de los fundadores de la Royal Society. John Wilkins tomó en serio la idea de viajes espaciales de Godwin y escribió no una historia sencilla sino un tratado filosófico de no ficción titulado “Descubrimiento del nuevo mundo en la Luna, o Discurso para demostrar que es posible que exista otro lugar habitable en aquel planeta”. Noten, por cierto, la palabra “habitable”. Esta idea sola hubiera sido incentivo suficiente para quienes planeaban construir máquinas para ir a la Luna. En sus libros, Wilkins describe en detalle varios métodos técnicos para el viaje espacial, y continúa siendo hoy el relato más antiguo y de no ficción que se conoce sobre cómo podríamos viajar a la Luna. Pronto surgirían más historias, como la de Cyrano de Bergerac, “Cuentos de la Luna”. Hacia mediados del siglo XVII, la idea de construir máquinas capaces de viajar por los cielos era cada vez más compleja y tenía más detalles técnicos. Y aun así, a finales del siglo XVII este progreso intelectual cesó por completo. Se seguían contando historias sobre viajes a la Luna, pero se basaban en ideas antiguas o, una vez más, en sueños o magia. ¿Por qué? Pues porque gracias al descubrimiento de Newton de la ley de gravedad y la invención de la bomba de vacío de Robert Hooke y Robert Boyle, la gente ahora entendía que entre los planetas existía un vacío y, por ende, también entre la Tierra y la Luna. Y no había forma de superar esto, no imaginaban ninguna forma de superarlo. Entonces, por más de un siglo, la idea del viaje a la Luna apenas si se desarrolló intelectualmente. Esto fue así hasta la Revolución industrial y el desarrollo del motor a vapor, las calderas y, más importante aún, los recipientes de presión. Esto proporcionó a la gente las herramientas para imaginar cómo podrían construir una cápsula capaz de resistir el vacío del espacio. Fue en este contexto de 1835 que la siguiente gran historia sobre viajes espaciales fue escrita por Edgar Allan Poe. Hoy día relacionamos a Poe con poemas góticos, corazones delatores y cuervos. Pero él se consideraba un pensador técnico. Creció en Baltimore, la primera ciudad en EE. UU. con iluminación a gas, y le fascinaba la revolución tecnológica que observaba a su alrededor. Consideraba que su mejor obra no era uno de sus cuentos góticos sino un poema épico en prosa, “Eureka”, donde comparte su propia interpretación de la naturaleza cosmográfica del universo. En sus historias, describe con fantástica precisión técnica máquinas y artefactos, y el cuento con el que tuvo mayor influencia respecto a esto fue “La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall”. Es sobre un fabricante de fuelles desempleado de Róterdam, quien, deprimido, cansado de la vida –ciertamente una obra de Poe– y tras acumular muchas deudas, decide construir una navecilla cerrada herméticamente y sujeta al cordaje de un globo que se lanza a los cielos usando dinamita. Una vez en el aire, flota a través del vacío del espacio hacia la superficie de la Luna. Y es muy importante que no ideó esta historia por sí solo, ya que en el apéndice del cuento reconoce de forma explícita el cuento de Godwin “El hombre en la Luna”, escrito más de 200 años antes, como una influencia, y lo llama “un librito singular y un tanto ingenioso”. Y si bien esta idea de viajar a la Luna en un globo aerostático puede no parecernos mucho más sofisticada que la máquina de gansos, en realidad Poe fue tan minucioso en la descripción de cómo construir el aparato y en aspectos de las dinámicas orbitales del viaje, que pudo diagramarse en la primera enciclopedia de viajes espaciales como una misión en la década de 1920. Y fue esta atención a los detalles, o “verosimilitud”, como él decía, lo que influiría en la siguiente gran historia: “De la Tierra a la Luna” de Julio Verne, escrita en 1865. Se trata de una historia que tiene un legado extraordinario y que guarda una similitud notable con los viajes reales a la Luna que se darían más de un siglo después. Porque en la historia, el primer viaje a la Luna parte desde Florida, con tres personas a bordo, y se trata de un viaje de tres días: exactamente las condiciones que se darían durante el mismísimo programa Apollo. Y como claro tributo a la influencia de Poe, Verne ubicó a los protagonistas de esta hazaña en Baltimore, en el Club de Armas. Sus miembros entonaban “¡Viva Edgar Poe!” al comenzar a trazar los planes de su conquista a la Luna. Y así como Poe influyó en Verne, también la historia de Verne influiría e inspiraría a la primera generación de ingenieros astronáuticos: dos pioneros del combustible líquido para cohetes en Rusia y Alemania, Konstantin Tsiolkovsky y Hermann Oberth, ambos relacionan su interés por los vuelos espaciales a sus lecturas de “De la Tierra a la Luna” cuando eran jóvenes. Luego, se dedicaron a intentar hacer de esa historia una realidad. Y la historia de Verne no fue la única del siglo XIX que tuvo gran influencia. Al otro lado del Atlántico, “La Guerra de los Mundos” de H. G. Wells inspiró de forma directa a Robert Goddard, un joven de Massachusetts. Y fue tras leer “La Guerra de los Mundos” que Goddard, un día, a finales de la década de 1890, escribió en su diario que, mientras descansaba, tras podar un cerezo en la granja de su familia, tuvo la visión de una nave espacial que despegaba del valle cercano y ascendía por los cielos. Y fue ahí mismo que decidió dedicar el resto de su vida al desarrollo de la nave espacial que había visto en su imaginación. Y eso fue exactamente lo que hizo. Durante toda su carrera, siempre celebraba ese día como su aniversario, como el día del cerezo, y leía y releía con frecuencia las historias de Verne y Wells para renovar su compromiso y su imaginación durante las décadas de trabajo y esfuerzo que demandó la concreción de la primera parte de su sueño: el vuelo de un cohete impulsado por combustible líquido. Consiguió esto en 1926. Fueron las lecturas de “De la Tierra a la Luna” y “La Guerra de los Mundos” las que inspiraron a los primeros pioneros de la astronáutica a dedicar sus vidas a los vuelos espaciales. Y a la vez sus tratados y obras inspiraron a las primeras organizaciones técnicas y a los primeros proyectos de vuelos espaciales. De esta forma se creó la cadena de influencia que va desde Godwin a Poe, de Poe a Verne, hasta el programa Apollo y las actuales organizaciones de vuelos espaciales. Entonces ¿por qué les cuento todo esto? ¿Es solamente porque me parece increíble o porque estas historias de ciencia ficción de los siglos XVII y XIX me fascinan? En parte es eso, lo admito. Pero también creo que estas historias nos recuerdan los procesos culturales que dieron lugar a los viajes espaciales e incluso a otras innovaciones tecnológicas. Como economista de la NASA, me dedico a analizar los orígenes económicos de nuestras incursiones en el cosmos. Y cuando analizan lo anterior a las inversiones de emprendedores multimillonarios, lo anterior a la carrera espacial e incluso lo anterior a las inversiones militares en combustible líquido, los orígenes económicos de los vuelos espaciales se encuentran en las historias y en las ideas. En estas historias se estructuraron por primera vez los conceptos de los viajes espaciales. Y en estas historias el relato sobre un futuro en el espacio para la humanidad comenzó a propagarse de cabeza a cabeza, creando finalmente una comunidad intelectual intergeneracional que retomó las ideas de los viajes espaciales hasta que finalmente tales ideas pudieron concretarse. Este proceso lleva ya más de 300 años y ha tenido como resultado la cultura de los viajes espaciales. Es una cultura que involucra miles de personas y cientos de años. Porque durante cientos de años, algunos hemos mirado las estrellas y anhelado alcanzarlas. Y porque durante cientos de años, algunos hemos dedicado nuestro trabajo al desarrollo de los conceptos y sistemas necesarios para que esos viajes fueran posibles. También quería contarles sobre Godwin, Poe y Verne porque pienso que sus historias también nos muestran la importancias de los cuentos que compartimos sobre el futuro. Porque estas historias no solamente transmiten información o ideas, pueden también alimentar pasiones, pasiones que pueden llevarnos a dedicar toda la vida a la concreción de proyectos importantes. Esto significa que estas historias pueden influir, y así lo hacen, en fuerzas sociales y tecnológicas del futuro. Creo que debemos entender esto y recordarlo cuando contemos historias. Debemos esforzarnos en escribir historias que no muestren solamente los posibles desenlaces distópicos, dado que mientras más distópicas sean las historias que transmitimos, más semillas plantamos para posibles futuros distópicos. Debemos contar historias que planten las semillas tal vez no de utopías pero sí de al menos nuevos proyectos de transformación institucional, social y tecnológica. Y si piensan que la idea de que las historias que contamos pueden transformar el futuro es exagerada o imposible, entonces creo que necesitamos recordar este ejemplo del viaje a la Luna. Fue una idea del siglo XVII que se propagó a diferentes culturas por más de 300 años hasta que pudo finalmente volverse realidad. Así que debemos escribir nuevas historias, historias que, dentro de 300 años, la gente pueda retomar y explicar cómo, gracias a ellas, se alcanzaron nuevos horizontes, cómo ellas ilustraron nuevos caminos y nuevas posibilidades, y cómo cambiaron nuestro mundo para bien. Gracias. (Aplausos)

Buen Martes!! 🙂


Artículo Original: “How centuries os sci-fi sparked spaceflight” en Ted

Escrito por Feel The Brain

La música, siempre ha sido mi pasión y, ahora, la neurología y el cerebro también ¿Por qué, a la par que me formo en esta unión no intento difundir y divulgalo? Este es el objetivo principal de la razón de ser de Feel the Brain. Llevamos cada dia puesta la Máquina Más Compleja de la naturaleza, de la cual sabemos muy poco. No soy un experto, ni pretendo serlo, el objetivo es formarme y compartir estas materias. La Máquina Más Compleja necesita combustible y la música es combustible de primera.
A %d blogueros les gusta esto: