Adversidad y Compasión

Pensad un momento en la adversidad, ¿fortalece los corazones o los hace más cálidos? Experimentar la privación, el desastre, la enfermedad o la injusticia ¿hace que una persona se más (o menos) empático con los esfuerzos de los demás?

Si rebuscamos un poco en nuestras cabezas podremos encontrar algunos ejemplos: supervivientes de fuertes golpes que prestan oídos compasivos a almas atormentadas o, por el contrario aquellos que te lanzan un desdeñoso “te aguantas”. Como resultado, parece que el efecto de la adversidad en nuestra bondad es impredecible.

Pero una de las cosas que el autor original del artículo, David DeSteno, ha aprendido a partir del estudio de la moralidad durante los últimos 20 años es que la compasión no es aleatoria. Siempre hay razones para estas bajadas y subidas. De modo que DeSteno, junto a uno de sus colaboradores (Daniel Lim) se propusieron descubrir la lógica de la adversidad.

Partían de la intuición inicial de que sobrevivir a adversidades en la vida, hace que las personas sean más generosas, amables y comprensivas. Al fin y al cabo, si has pasado por grandes apuros, estás familiarizado con el dolor y los retos que éstos comprenden. Te es más fácil adoptar la perspectiva de alguien angustiado (puedes sentir sus sentimientos) y por tanto eres el más propicio para echar una mano.

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“A veces la adversidad es lo que necesitas encontrarte para tener más éxito”

Por otro lado, estudios científicos típicamente favorecen la visión más pesimista. La adversidad se asocia a muchos tipos de resultados psicológicos negativos: ansiedad, depresión y, más notable aún, una respuesta emocional hostil. También se ha relacionado con la creencia que el mundo no es benevolente y que la vida parece ser un sin sentido. Aparenta ser la receta de una pérdida de amabilidad.

Pero, a pesar de lo que digan todos estos estudios, hay muchos casos en las que la adversidad innegablemente hace aflorar la compasión. Pensad en las secuelas del Huracán Sandy en Nueva York o en el desastre nuclear de Fukushima, donde las personas, incluso en medio de su propio sufrimiento ayudaban y apoyaban a otras de modos excepcionales. Dado que la adversidad se relaciona con la depresión y la ansiedad, ¿de dónde viene la compasión?

DeSteno y Lim suponen que esa compasión no es tan altruista como aparenta ser a primera vista. Mientras parece ser una respuesta al sufrimiento de los de demás, es también una estrategia para recuperar nuestro propio punto de apoyo. Tener fuertes relaciones sociales es una de las mejores predicciones de nuestro bienestar psicológico a largo plazo y, por tanto, cualquier cosa que mejore estas relaciones (como mostrar compasión) nos hará más fuertes.

Llevaron a cabo dos estudios para determinar si la adversidad promovía la compasión. En ambos, preguntaron a los participantes (en base a las adversidades sufridas en sus vidas) en qué grado probaban de adoptar las perspectivas de los demás y cuán a menudo experimentaban el sentimiento de compasión.

El primer estudio se llevó a cabo de modo Online, hecho que permitió alcanzar a más de 200 personas de todos los colores. Después que éstas hubiesen aportado información sobre las adversidades a las que se habían enfrentado así como sus niveles de empatía y compasión; se les ofreció la oportunidad de donar parte del dinero que iban a ganar con el estudio a la Cruz Roja.

El segundo estudio se hizo de modo presencial, en el laboratorio. En este caso, cada participante trabajaba en onerosos problemas de palabras; él o ella presenciaba como la persona sentada a su lado, que era un actor simulando ser otro participante del estudio, aparentaba estar demasiado enfermo para poder terminar el trabajo que se le había asignado. Observaban si los participantes expresaban compasión por esa persona enferma y se ofrecían a compartir parte del trabajo con ellos. Esto constituye un acto puro de compasión ya que implica pasar más tiempo en el laboratorio haciendo tareas desagradecidas con el fin de ayudar a otro.

En los dos estudios los resultados fueron los mismos. Aquellos que se habían enfrentado a adversidades severas en la vida (pérdida de un ser querido a una temprana edad, víctimas de violencia o de desastres naturales) eran más proclives a mostrar empatía con los demás y cómo resultado a mostrar más compasión. Y aún más, cuanta más compasión sentían más donaban (en el primer estudio) o más tiempo pasaban ayudando a los demás a completar su trabajo (en el segundo).

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“Las Adversidades, a menudo, preparan a personas ordinarias para un destino extraordinario”

Ahora, si la experiencia de cualquier tipo de adversidad puede hacer que una persona sea más compasiva, deberíamos asumir que la cumbre de la compasión se alcanzaría en el momento en que alguien haya experimentado exactamente la misma experiencia o infortunio que el que se este enfrentando el otro. Esto es absolutamente erróneo.

En un artículo publicado recientemente se ha descubierto que la mente humana posee un “fallo técnico” (en mí opinión es un mecanismo de defensa) un poco perverso en el momento de recordar sus propias adversidades pasadas; las hace ver como menos angustiantes y preocupantes de lo que en realidad fueron.

Como resultado de este “fallo”, puede hacer que no apreciemos tanto lo que le esta ocurriendo a esas personas. Pensamos, “yo lo superé” también lo puede hacer él o ella. ¿El Resultado? Una pérdida de compasión.

Para demostrar este punto, se recopiló información sobre las experiencias pasadas de los participantes en problemas como el desempleo o ser víctimas del bullying. En experimentos separados, se les expusieron a personas con esos mismos problemas. Aquellos que en el pasado habían sufrido, por ejemplo, un bullying más serio sentían menos compasión por las víctimas de bullying actuales. Lo mismo con el caso del desempleo. Cuando las adversidades no coincidían, la empatía no emergía.

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En conclusión, pasar por un mal trago no nos hace ni más fuertes o más comprensivos. Sino los dos. Ser conscientes de nuestros sufrimientos en nuestras vidas normalmente provoca el aumento de la compasión que sentimos por los demás, excepto cuando éste sufrimiento involucra eventos especialmente dolorosos bien conocidos. Aquí la familiaridad alimenta el desdén.